Permítanme en esta ocasión mirar el retrovisor. Detenerme
y fijarme en aquello que está atrás. En aquello que nunca fue, que nunca se
perdió, pero permaneció por mucho tiempo encajado en mi ser a modo de ilusión.
Son pasos contados, sumados, divididos, multiplicados,
y en este momento restados. Restados porque me remito a lo pasado. Acortamos al
tiempo para poder sentir aquella época de nuevo. Situarme en aquel contexto.
Aquel momento vivido. Que no sé si tuvo sentido, o si fue en vano. Pero por lo
que hoy tengo, y no alcance a tener, me corresponde deducir que fue en vano.
Sólo al son de éste argumento se posará en mi mente su
nombre, su rostro, su voz, su mirada angelical. Los únicos ojos de cielo que
lograron aferrarme a un sueño. Más que eso, creo que a una ilusión. Una ilusión
que se gastó con el tiempo, con la indiferencia, con la distancia, con las
pocas esperanzas que desde un principio se origino.
Hoy, al pensar qué pudo haber generado muchas confusiones
en mi cabeza, logro descifrar que tal vez tuvieron algo que ver la edad o la
ingenuidad. Era una niña, apenas avanzaba hacia la etapa de la adolescencia. Y
qué iba a saber del amor! Quién me había hablado de eso, cuando no era mucho el
tiempo en el que había dejado de jugar a las muñecas.
Y es así. Se lo puede llamar “amor a primera vista”, o
“amor por vez primera”. En esos años simplemente no lo sabía. No entendía qué
alborotaba a mi alma. Y no creo apropiado incluir en esto al corazón. Pero sí a
miles de emociones mezcladas en un solo pote cuando él estaba cerca. Era de esas sensaciones que te alegraban y te
elevaban a las nubes por momentos. Embobaba. Admito. No lo niego. Olvidé cómo
antes describía aquello. Era simplemente algo que aquietaba mis sentidos y
aceleraba mis latidos con el tan sólo hecho de que me correspondiera una mirada,
una palabra, o con lo mejor; una sonrisa.
Esa sonrisa dibujada en mis pensamientos logró que me
aferrara ciegamente a una idea. A la de que podía haber un mundo a su lado, con
él. Mientras pasaban y pasaban los años, iba a esperar. Aunque, él nunca
me había dado motivos claros para que abrazara fuerte al pecho esa ilusión.
Nada era tangible. No quería soltarlo. Creer que era todo posible hizo rodar
tantas lágrimas sobre mis mejillas. La almohada se empapaba más que el pañuelo.
La traía al rostro para que nadie me viera o se diera cuenta cuando se instalaba
la melancolía durante la noche.
No valieron mis ruegos a Dios. No contó mi paciencia.
Ni mi confianza de que alguna vez sería posible. Hoy, por hoy… por eso es que
digo que todo sucedió en vano. Por lo que se dice que nada es casualidad, todo tiene su motivo, un antes y un despues, que
todos estamos destinados a cumplir una misión, a llevar la vida que llevamos. A
que pasen las cosas porque de esa forma se preparó. Desde que Dios nos hizo partícula,
ya había trazado una vida para cada uno de nosotros. Pero por esto que se había
dado, qué? No queda nada. Si nada tuve, si nunca fue. No lo perdí, muchos menos
me correspondió. Y todavía no descifro algún significado intrínseco. Ya el
tiempo lo dirá. De esta manera, dice Axel
Fernando “aquello que nunca fue, nunca se perdió”.